El Flamenco y la Copla


En los Cafés Cantantes, a partir de fines del XIX y principios del XX, la canción andaluza como género diferenciado del Flamenco (aunque afín y ya sabemos que relacionado con él) comenzó a adquirir fuerza creciente. Desde entonces comienza a hablarse de la copla como género.

En realidad la copla ya llevaba casi un siglo de historia. Pero a principios del siglo XX la moda de la copla siguió creciendo hasta llegar  a imponerse en los Cafés Cantantes e incluso desterrar al Flamenco, más ‘clásico’ o genuino. El Flamenco, que ya había pasado por una primera etapa de clasicismo -último tercio del siglo XIX-, necesitaba de un público más o menos iniciado, conocedor. En cambio la copla era un género más asequible. Nada nuevo bajo el sol.

El dato es que esta aceptación social de la copla hizo que muchos cantaores, aun conociendo y dominando el repertorio Flamenco más clásico, se acercaran al género, más fácil y asequible al gran público. Muchos cantaores, llevados bien por la necesidad o bien por el oportunismo, comenzaron a cultivar lo que podemos llamar un  flamenco light: entre los años 10 y 20 del pasado siglo, comienza la época de la proliferación de fandanguillos y farrucas, lacrimosos y efectistas, del garrotín, las marianas, las vidalitas, las milongas, guajiras, colombianas y campanilleros, cantes muchos de ellos con letras lacrimosas y truculentas, de fácil efecto. Acancionamiento al fin y al cabo, que muchos interpretaron –no sin razón- como pérdida de autenticidad y hondura. Algunos percibieron por entonces que la Copla había asestado un golpe mortal al Flamenco