Al principio, el cante es bajito, como si el cantaor estuviera recordando la memoria que le viene de viejo, o como si una voz le susurrara desde el principio de los tiempos qué es lo que va a decirse, por dónde debe arrancarse. Es lo que se conoce como el ayeo
. Sirve para templar la voz, prepararla, tensarla. Pero, sobre todo es la puerta del cante; la voz quedándose sola en expresión pura. Estos sonidos no dicen nada, cantan, tiemblan. El ayeo es la entrada del cante por la puerta de la pobreza, de la injusticia, de la persecución y la miseria.
A partir de este quejío surge una pausa muy breve y vuelve a oírse
la guitarra, pero ya no tienta, rasguea, abre camino para una voz a punto de arrancarse. De pronto como si se abriera la tierra, surge una copla:
¡Qué penita tengo...
El cante ya se ha pronunciado y la sensación de ahogo, se torna emoción. Esta emoción que sentimos nos llega de la voz, el son, la palabra, la letra... y lo importante es saber transmitirla. Y es que en
el cante flamenco no puede haber fingimiento, teatro o interpretación. El cante tiene obligatoriamente que ser un quejío, un sentimiento íntimo que el buen cantaor tiene que saber transmitir.